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APOSTOLADO DE LA FAMILIA. 

 

La familia cristiana tiene el privilegio de ser imagen de Dios-amor.

Involucra a las personas como cuerpo y espíritu, une a la pareja y se hace fecunda. (Efesios 5,25-32). La familia es “Célula primaria y vital de la sociedad” y “Santuario doméstico de la Iglesia”.

Jesús la defendió por sus valores originarios e inmutables (Mateo 19,4-8). “¿No han leído que el Creador al principio los hizo hombre y mujer y dijo: El hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá con su mujer, y serán los dos una sola carne? De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien lo que Dios ha unido no lo separe el hombre”.

La Iglesia es conciente de los grandes desafíos que debe afrontar la familia cristiana hoy y reitera su predilección por ella encomendándola a los pastores como tarea prioritaria.

          Todo hombre ha sido llamado en el eterno designio del Padre, a la comunión con Dios, con el género humano y con todo lo creado. Este designio se encuentra vinculado al hombre y por medio de él alcanza su fin.

Esta comunión se ve quebrantada por el pecado, pero restaurada en Cristo según la promesa de salvación que Dios anunció desde los orígenes de la humanidad. (Génesis 3,15) “Haré que haya enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya. Ella te pisará la cabeza mientras tú le herirás su talón”.

(Romanos 5,20-21) “Al sobrevenir la Ley, se multiplicaron los delitos, pero donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. Y del mismo modo que el pecado estableció su reino de muerte, así también debía reinar la gracia que, al hacernos “justos”, nos lleva a la vida eterna por medio de Cristo Jesús, nuestro Señor”.  

Cristo muerto y resucitado, en efecto libera al hombre del pecado y sus consecuencias de opresión, egoísmo, e injusticia a nivel individual y social. Restaura la comunión y ofrece a todos la salvación.

 Siguiendo el ejemplo de Cristo la Iglesia proclama esta misma liberación y se empeña en ayudar al hombre para que la conquiste en todos los campos de su existencia y descubra la grandeza de su vocación.

La caridad comienza por el hogar, llevando la luz de Cristo a nuestros hogares, luchando por los principios de unidad establecidos por Dios en cuanto a la familia como “Célula primaria y vital de la sociedad” tendremos sociedades más estables.

Miriam Gómez

 

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